jueves, 7 de agosto de 2008

Cosas que no tienen ningún sentido y razones por las que estoy hasta los ovarios de tanto hijo de puta, o lo que es lo mismo


Pretendía ponerle un título corto al post. Lo juro.

Me he pasado la tarde con la cámara en la mano, al lado de una pareja de la Guardia Civil y un fumigador loco mandado por un funcionario consistorial iracundo (del PP, of course). Tiene explicación, pero no pienso contarla. Así parecerá más interesante de lo que realmente ha sido y podréis decirle a vuestros amigos que los pueblos de 98 habitantes también tienen vidilla. Incluso si es jueves. Y llueve. Y más todavía si te has pasado el día en pantuflas con una camiseta de Shin Chan. Lo juro.
Se acabó la crónica de las chorradas como pianos. Me pongo seria.

Van 37. Treinta y siete, que se dice pronto. Bajo otras circunstancias no comentaría algo como esto aquí, en el blog de la compañía, pero es que hoy ha habido algo, no sé el qué exactamente, que me ha roto el muro de indiferencia impenetrable que tan bien nos han ayudado a construir los medios de comunicación y los partidos políticos. En tiempos quise ser periodista. De verdad, con toda la pasión y el idealismo del mundo. Y bastaron apenas unos meses en una redacción para darme cuenta de que no quería pasar por el aro de que todo me diera igual, de que no importase qué contar, mientras siguiera para seguir vendiendo periódicos. Desde entonces, me construí un muro de sordera para no volver a estar hecha una mierda, como aquella vez. Y hoy no ha servido de nada. Será que la niña que han matado, porque era una niña, sólo tenía 18 años. Será que tanta mierda acumulada en los ojos y los oídos acaba por hacerle sangre a una, y llega un momento en que se dice basta, parad el mundo que me bajo, o simplemente estoy hasta los ovarios de tanto hijo de la grandísima puta.
Nosotros no podemos hacer nada. Hacemos teatro. O cine, o tele. Y no vamos a cambiar el mundo. No lo haremos. Tardé mucho tiempo en aprender la lección, como si lo de periodismo no me hubiese enseñado suficiente. Cuanto antes lo aceptas, menos duele.
Ahí fuera muere una mujer, o treinta y siete, o un millón, porque algún mendrugo analfabeto se cree con derecho a decir sólo mía, y mientras, aquí dentro, seguimos soñando con vivir de contar historias. Y hay días en que, lo siento, pero no, hay días en que me tragaría todo lo que me queda por contar, con tal de que la realidad no fuese la mierda boyante que es.

Laura lo gritó mucho mejor que yo en "Sangre Materna":

(MUJER- MADRE e HIJA frente a frente en el pasillo. Las puertas permanecen abiertas. Entre los brazos de la MADRE una pila de sábanas recién planchadas.)

HIJA.– Detente; un momento. Tengo algo que decirte.

MUJER-MADRE.– Ahora no.

HIJA.– Si no hablo me abrasaré la garganta.

MUJER–MADRE.– Bebe agua fresca.

HIJA.– ¿Dónde te has escondido? He gritado tu nombre.

Tienes que haber visto mi voz salpicando las baldosas.

MUJER–MADRE.– Déjame ir.

HIJA.– Hasta cuándo.

MUJER-MADRE.– (...)

HIJA.– Rostro, sonrisa, muñeca, cadera, rodilla, pie.

MUJER-MADRE.– Tus palabras abren más heridas que los golpes.

HIJA.– Cabello, costillas, riñón derecho.

MUJER–MADRE.– Las arrojas sobre nosotros mientras esperas el milagro.

HIJA.– Fisura intercostal, luxación de hombro, derrame ocular, esguince cervical, contusiones múltiples, rotura del premolar, desprendimiento del molar número dos, hematoma subcutáneo, desviación del tabique nasal, fractura del cóccix, taquicardia incontrolada, salivación abundante, espasmos, hiperventilación, adrenalina a borbotones, lengua de trapo, oración atrapada en el paladar, rodillas flexionadas, cerviz hacia el suelo, agua.

MUJER-MADRE.– No sé qué esperas.

HIJA.– Te espero a ti. Espero a mi madre en medio de toda

esta niebla.

MADRE-MUJER.– Olvídalo, he descubierto cómo eres.

HIJA.– Venga madre, asfíxiame. Sólo queda aire para una

última bocanada.

MADRE-MUJER.– Egoísta hasta las raíces. Ansiosa por

cumplir tus planes, sé que harás lo que esté en tus

manos para escapar de la casa y olvidar a los tuyos.

Desde bebé has rechazado lo que era para ti, lo que te139

fue concedido. Sé bien que eres hija mía pero no te conozco.

HIJA.– Y ahora por favor, el tiro de gracia.

MUJER-MADRE.– Lo que te pasa... odias, odias a tu padre.

HIJA.– Madre.

MUJER-MADRE.– Oh, no llores. Aquí no.

HIJA.– No le odio, solamente no puedo quererle.

MUJER- MADRE. - Vamos a tu dormitorio y te curaré. Cálmate, puede a oírnos.

HIJA.– Yo... yo... yo...

MUJER.– ¿Te duele?


Y ahora insertemos aquí algún eslogan de repulsa y condena para sentirnos mucho mejor, venga, como si fuéramos publicistas. Mañana será otro día. La última en morir que apague la luz.


2 comentarios:

Doctor Stockman dijo...

Es uno de esos temas que me producen una abismal pena y un asco existencial contundente. No se qué más decir y menos en eslógan. Bastante tuve el otro día encontrándome de morros con mi no-suegro, al que no conozco, y sobre el qe siempre penderá la sospecha del "qué estará tramando, a ver si va a hacer algo".

Ya puedes explicarme lo del fumigador apepinado que me has dejado estupefacto.

Laura dijo...

Tú, mi querida hermanita sabes lo que este tema significa para mí. Tú mejor que nadie, has visto mis lágrimas de tristeza porque hay heridas que no van a curarse nunca y no sólo porque me hayan tocado de cerca y en este caso el maltratador siga impuna, sino porque es un tema que A TODOS NOS TOCA DE CERCA. Detrás de cada puerta o edificio puede estar sucediendo una situación de violencia semejante. NO no me pongo paranoica. No, no creo que todos los hombres sean unos hijos de puta; ni siquiera si se puede buscar culpables. Hay una mezcla de analfabetismo moral, tradiciones caducas y silencio, mucho silencio mal que pese a los políticos o a las ONGs. Esto no va a parar hasta que más de una generación desaparezca y sobre todo, hasta que no nos tomemos en serio, muy en serio, la educación de nuestros hijos e hijas.
Mierda todo.






“(…) La ficción, es decir la obra de imaginación, no es lanzada contra el suelo como un guijarro, lo que tal vez sí ocurre con la ciencia; la ficción es como la tela de una araña, acaso sostenida del modo más ligero imaginable, y sin embargo sostenida de la vida por los cuatro costados. A veces tal vinculación es apenas perceptible. Las obras de Shakespeare, por ejemplo, parecen colgar de allí por sí mismas, sin ayuda alguna. Pero cuando se tuerce la tela, cuando se la levanta por una orilla, se la rasga por el medio, recordamos que esas telas de araña no las tejen en medio del aire criaturas incorpóreas, sino que son la obra de seres humanos que sufren y están atados a cosas groseramente humanas, como la salud, el dinero y las casas en que vivimos.”



-Virginia Woolf. “Una habitación propia”. Capítulo 3.