jueves, 19 de febrero de 2009

El impulso


Te sientes como un delfín varado, un caracol sin baba, una bicicleta con ruedas pinchadas o una croqueta sin relleno. Los días son largos, extraños, a veces te levantas por la mañana, pero otras, te acuestas cuando sale el sol y te despiertas a la hora en que los niños se hacen bocadillos de chocolate para ver mierdas en la tele (hace años, cuando tú eras pequeño, en la tele a esas horas sólo había dibujos animados).

Lees, comes, bebes o follas por no pensar; sales a la calle por no pensar; vas al cine por no pensar, te cagas en Dios y en la ansiedad, por no pensar. Tienes temblores, miedos, fobias. Hay cosas que te producen carcajadas, y otras, náuseas. Terrorismo visual en todas partes. ¿Qué época del año es? Hace sol, pero no es primavera aún. ¿Dónde estarás dentro de cuatro meses? ¿Dónde estabas, hace cuatro meses?

No le pongas nombre, no se lo cuentes a nadie. Traga. Y luego busca, simplemente, busca, y tal como ha venido, te lo prometo, ten fe, confía en mí, déjate engañar, porque algún día, algún día se morirá.





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“(…) La ficción, es decir la obra de imaginación, no es lanzada contra el suelo como un guijarro, lo que tal vez sí ocurre con la ciencia; la ficción es como la tela de una araña, acaso sostenida del modo más ligero imaginable, y sin embargo sostenida de la vida por los cuatro costados. A veces tal vinculación es apenas perceptible. Las obras de Shakespeare, por ejemplo, parecen colgar de allí por sí mismas, sin ayuda alguna. Pero cuando se tuerce la tela, cuando se la levanta por una orilla, se la rasga por el medio, recordamos que esas telas de araña no las tejen en medio del aire criaturas incorpóreas, sino que son la obra de seres humanos que sufren y están atados a cosas groseramente humanas, como la salud, el dinero y las casas en que vivimos.”



-Virginia Woolf. “Una habitación propia”. Capítulo 3.