lunes, 2 de marzo de 2009

Lo siento: voy a hablar de ciencia ficción

Y lo voy a hacer de una manera corta y contundente: Battlestar Galactica (la nueva versión, no la original, plagio de Star Wars, que se emitió en los años 70) es la mejor serie de televisión que se emite actualmente en cualquier canal del planeta. Es más: probablemente es el mejor producto audiovisual, sea cine o tele, que se produce actualmente.

No me voy a liar explicando cómo ni por qué, simplemente diré que ellos consiguen hacer lo que Shakespeare hizo hace más de cuatrocientos años (oigo respingos escépticos entre los lectores? ah, pues me explico, sí). La ciencia ficción (al menos aquella que no se limita solamente a navecitas espaciales y palabrería hueca como "rayos plasmas" o "sables láser") siempre ha servido para una cosa: plantear un distanciamiento físico o temporal del tiempo en que es escrita o creada, pero solamente para hacerse preguntas sobre la naturaleza de nuestra época. Lo que hacía en su día Homero, con dioses y héroes de por medio, era ciencia ficción. Lo que hacía Shakespeare, alejándose de su Inglaterra natal para irse hasta Dinamarca o a una isla imaginaria, también era ciencia ficción. Sus personajes siempre encontraban dilemas que planteaban preguntas sobre la época real del dramaturgo: Philip K. Dick, William Gibson o Arthur C. Clarke han hecho lo mismo, pero con replicantes, ciberpunks o naves espaciales.

Y esto es lo que hace hoy día Battlestar Galactica: la miniserie con la que comenzó su andadura, hace ya cinco años, era una respuesta al desorientado y traumatizado mundo que nos dejó el 11-S. La serie ha evolucionado a través de cuatro temporadas: empezó inspirada por películas como Blade Runner y 2001: una odisea en el espacio, pero ha continuado haciéndose preguntas sobre nuestro sistema político, el valor de la democracia en tiempos de guerra, la religión como arma de dominación, la tortura, el monopolio de la violencia, la ocupación (con guiño totalmente claro a la guerra de Irak incluido en la tercera temporada), y se termina ya, dentro de tres semanas, con sus últimos episodios, que están oscilando hacia la mitología griega y la tragedia shakespeariana como su referencia más poderosa. Battlestar ha sido capaz de utilizar, incluso, una canción de Bob Dylan como hilo conductor esencial de una de sus mayores tramas, sin contar el cuidado que ejercen sobre todos los aspectos de la producción, como una composición musical completamente implicada en el desarrollo de líneas argumentales y personajes. Todo esto apoyado por unos guiones inteligentes, una factura técnicamente impecable y una dirección de actores inusualmente milimetrada para cualquier producto televisivo, sea ciencia ficción o no.

Sé que hay muchos escépticos en la sala, pero créeanme, Battlestar es una obra maestra contemporánea, que como todo producto televisivo, tiene sus fallos, sus episodios malos y sus caídas en cierto convencionalismo, pero se alza por encima de todo prejuicio y sin duda va a pasar a la historia como una de las mejores series de todos los tiempos.

Con sus temáticas de atmósfera psicológica y poética visual, aún no acabo de entender por qué nadie se atreve a dar el paso y hacer un traslado coherente de la ciencia ficción al teatro. Es posible y no hacen falta pistolitas láser ni efectos especiales, como ha demostrado Galactica en el paso de estos años. No hay más que echar un ojo a una película tan excepcional como Cube, teatral en sí misma por el hecho de transcurrir con un juego permanente sobre la "cuarta pared".

En fin, que hoy le he dado un homenaje a una de mis pasiones favoritas simplemente porque sí: si alguien quiere aventurarse más en estos terrenos, ya sabéis dónde encontrarme.



Primera secuencia de la miniserie de 2003 con la que comenzó la nueva Galactica.




2 comentarios:

Anónimo dijo...

Friki!!!!!!!!!!!!

fatimapeon dijo...

Alguien le está cogiendo el gusto al anónimo... a mucha honra lo de friki, yo soy friki por amor!






“(…) La ficción, es decir la obra de imaginación, no es lanzada contra el suelo como un guijarro, lo que tal vez sí ocurre con la ciencia; la ficción es como la tela de una araña, acaso sostenida del modo más ligero imaginable, y sin embargo sostenida de la vida por los cuatro costados. A veces tal vinculación es apenas perceptible. Las obras de Shakespeare, por ejemplo, parecen colgar de allí por sí mismas, sin ayuda alguna. Pero cuando se tuerce la tela, cuando se la levanta por una orilla, se la rasga por el medio, recordamos que esas telas de araña no las tejen en medio del aire criaturas incorpóreas, sino que son la obra de seres humanos que sufren y están atados a cosas groseramente humanas, como la salud, el dinero y las casas en que vivimos.”



-Virginia Woolf. “Una habitación propia”. Capítulo 3.