Será porque siento que en mi vida soy un ser extremadamente cobarde, que tengo metido entre ceja y ceja que con éste montaje, sobre la escena, quiero ser valiente. Me lo repito y me lo repito, pero no depende sólo de mí y tengo miedo de confundir valiente con gilipollas. O condescendiente. O engreída. Hay tantos que lo hacen. Uno no puede enfrentar una obra de teatro como una puta guerra, porque aquí nadie se muere de verdad y sólo en la segunda se cambia el mundo (para mal, siempre para mal). Pero hace ya muchos años que
el abuelo nos advirtió de que éramos
como perros salvajes, por qué no admitir que somos simples insumisos que en el fondo sí querían ir a la guerra, pero no tenemos huevos a morirnos de verdad. Preferimos hacerlo todo "de mentira". Es el oficio de los que quieren mil vidas y luego los domingos por la tarde no saben muy bien qué hacer si llueve o si no ponen nada bueno en la tele. Yo soy una de esos.
Y sin embargo, soy extremadamente feliz en un ensayo, en una representación, en un espacio en el que no se puede decir si la verdad es un poco mentira. Tiendo a pensar que todo eso me gusta por la ilusión del tiempo detenido. Cuando sales del teatro, o del cine, o del aula, la vida sigue. Y a veces eso es una putada muy gorda porque preferías quedarte en Elsinor o en África o en Londres con la jodía Mary Poppins.
No duden que todo lo que hagamos va a ser con espíritu lunático. No duden, tampoco, que todas las historias tratan de (y se cuentan por) amor.
C.- (...) Y tú, ahí.
¿A qué juegas?
CY.- A estar muerta.
C.- ¿Por qué?
CY.- Por qué no, me estás dejando.
C.- Duele.
CY.- A mí ya no.
C.- Anda, dame un abrazo...
CY.- Ensayemos.
C.- ¿Cómo puedes?
CY.- Debo ser la mejor.
C.- Es lo único que te importa.
CY.- Sí.
2 comentarios:
Si una historia se cuenta por amor siempre tenés en principio la simpatía del público. La mía la tienen.
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