miércoles, 18 de noviembre de 2009

Querido espectador, dos puntos.






-"¿De qué va la obra?".

¿Cuántas veces le preguntan a una eso? Cuando escribía solía temer la fatídica "¿de qué va tu libro?". Ahora el temor es el mismo, pero la obra no me compete sólo a mí. Sin querer ponerme gilipollas, a veces pienso en contestar esto:

-"¿Desde qué punto de vista quieres que te lo cuente? ¿El de la dirección? ¿El de la dramaturgia? ¿El de los actores?"

Decía Meyerhold que el teatro es un sistema triangular autor-director-actor que por último llega al espectador como receptor de éste triple, y aún así, único mensaje. Estamos tan aplatanados con nuestros procesos, tan con la cabeza metida en el culo, que muchas veces nos olvidamos de que la gracia de todo esto es que el espectador disfrute de un espectáculo sin conocer los trucos.

Aquí jugamos a todo lo contrario. Teatro dentro del teatro, la línea entre el actor y su personaje que aquí hacemos delgada, conscientemente, jugando con la confusión de vida y ficción. Es un arma de doble filo.

Dice mi novia que de una manera u otra en el teatro tendemos (y subrayo tendemos, porque mi novia dice las cosas muy claras y me ha incluído a mí con toda la intención del mundo), tendemos las gentes de teatro, dice ella, a despreciar al espectador mucho más que en otros medios.

Yo no creo que sea desprecio, sinceramente. Los públicos son diferentes, o eso nos creemos, así que hacemos las cosas de otra manera. Dice mi novia, no obstante, que pensamos poco en el espectador. Yo creo que sí pensamos en el espectador. De hecho, cada vez más, lo único que hago yo personalmente, es pensar en el espectador, en ese hombrecillo imaginario que se va a sentar en la sexta fila, o en la cuarta, o en la última, después de un día de trabajo, y que va a ocupar su butaca con una única expectativa: "a ver qué porquería se han inventado los muchachos estos que no conozco de nada." Y lo digo con todo el cariño del mundo, aquí no hay una posición defensiva. Me encantaría que el señor éste disfrutase con nuestra obra, y su mujer, y la señora del abrigo de piel sintética y mi madre (sobre todo mi madre, que no tiene ni puta idea y por tanto es la mejor bara de medir) y el conserje del edificio. De hecho, me gustaría que les gustase más a ellos que al crítico, al ententido, al colega de profesión o a aquel profesor de la escuela que un día me dijo en la cafetería "me has sorprendido mucho, no me esperaba esto (bueno) de ti". Sin embargo, mi conflicto es que me he formado con el crítico, y el entendido, y el colega, y el profesor, y quieren que haga teatro para ellos, supongo, o que les guste a ellos, y no sé cómo hablar de la endogamia Stanislasvkiana-paranoide que reina en este oficio sin perder la atención y el entendimiento del conserje, y de mi madre, y de la señora que huele a laca Nelly y el señor que ha venido porque era gratis. Y eso me hace sufrir, mucho. Y no me deja dormir, como dice Ángel en nuestra obra.... Así que, aquí sí pensamos en el espectador.

Ya nos gustaría, ya daríamos todo lo que fuera porque el espectador pensase, de vez en cuando, en nosotros. Es como el amor no correspondido, es como pensar todo el día en un objeto de deseo que aún no te ha reconocido: sólo posa tus ojos en mí, sólo mírame y hallaré recompensa. Y aún así siempre anhelamos más.

El otro día me preguntaba María sobre su monólogo, si era a público o qué. Si es que no había cuarta pared. En esto que estamos haciendo la cuarta pared no es que no esté, es que le hemos puesto una bomba en la primera escena y no queda rastro de ella. Aquí estamos, expuestos, desnudos, ingenuos casi. O fingimos estarlo, claro, pero eso nunca lo vamos a aclarar del todo, no olviden que al fin y al cabo narramos ficción. Lo mismo es que nos "gusta el riesgo", como le dice Carlos a María en la obra, pero a diferencia de ella, yo no tengo nada claro que conozcamos los peligros.

Mis siete samurais se suben a escena y ríen o se quejan o se remueven cuando intentamos hacerles una simple foto y yo pienso: qué valor. Qué aplomo. Hoy están relajados o aburridos, o de repente se activan y hacen las cosas bien, pero dentro de un par de meses estarán encima del escenario defendiendo ésta propuesta como la primera línea de fuego, la avanzadilla suicida que resiste en las trincheras los primeros proyectiles de la batalla. Meyerhold tenía razón en todo eso del teatro triangular, también reparó en que los actores son los últimos intermediarios entre el mensaje y el público, y cabe añadir que si al público no le gusta, o no entiende, o no comulga con el mensaje, los actores son quienes reciben el NO, o el suspiro aburrido, o el portazo innecesario al abandonar la sala. Yo siempre me puedo esconder debajo de la mesa de luces, aunque sufro cada segundo como si me metiese en sus cuerpos, pero son los chicos los que están obligados a salir a saludar por cojones.

No, no estamos, precisamente, como para ir por la vida de condescendientes. Eso pueden hacerlo los grandes, los que no tienen en la cabeza que se están jugando el culo. Nosotros bastante tenemos con encontrar un sitio donde nos dejen actuar, y encontrar fuerzas para luchar otro día. Bastante tenemos con que coincidan nuestros horarios entre trabajo y trabajo o clase y clase, bastante tenemos con que se nos dé por escribir y actuar nuestro propio mensaje. Bastante tenemos con no desfallecer ante las señoras que asoman la nariz en el centro cultural mientras ensayamos, o ante los errores administrativos que hacen que lleguemos y no tengamos aula, o ante no tener un puto duro.

Laura ha escrito una obra sobre el fracaso y las maneras de afrontarlo, entre otras cosas (¿podría responder esto al sempiterno "¿y de qué va?"). Creo que aún no somos conscientes de las múltiples ironías que vamos a encontrarnos a lo largo del camino... Es normal, cuando te paras a pensar en todo lo que has invertido. Y todo esto... ¿por qué? ¿Un aplauso? ¿Una palmadita? ¿La posibilidad del dinero, algún día? ¿Por la promesa del cántaro de leche?

Por ahora, mejor no pensar mucho en ello. Aunque sí pensamos en usted, señor espectador. Como dice la canción... "¿Quién dijo que todo está perdido? Yo vengo a ofrecer mi corazón".

5 comentarios:

Nacho Ortega dijo...

Hoy, en un ratico que me ha sobrado, me he ido al Starbucks a tomarme un café en soledad y a reflexionar sobre mi personaje (así de rómantico yo). Lo necesitaba porque hoy me he levantado mohíno, como a ti te gusta decir.
Y allí, entre escena y escena, yo también pensaba en por qué hago esto. En por qué me dedico a la interpertración y luego me levanto mohíno.
No encontraba respuesta. Sólo había ganas de huír, de desaparecer, de pegarme un tiro, de sentir cómo atravieso el aire desde el puente más alto hasta el suelo. De camino me hubiera cargado a esas tres pijas que me he encontrado en el metro: primero les hubiera vomitado en la cabeza, luego les habría quemado el pelo rubio Pantene, después les hubiera arrancado las perlas de sus orejas dejándolas sin lóbulos, y por último las hubiera ahogado con sus pasminas.

Pero luego he terminado de hacer el repaso a todas las escenas, y he visto algo de mi personaje que ha sido, más que interesante, "revelador". Precisamente él lucha contra todo eso que me ahoga a mí. Y entonces he entendido por qué quiero yo hacer este personaje y por qué me dedico yo a la interpretación.
A veces me pierdo entre tanta mierda y todo se contagia de este veneno. Pero yo no quiero eso. No quiero eso. Y la de la laca Nelly se lo va a comer con patatas.

Y cuando me pregunten de qué va la obra, diré: Yo qué sé, I'm just a sweet transvestite.

Yolapeordetodas dijo...

Ole tus cojones Ignacio, ole.

HadaJones del Arco dijo...

Me sumo al vítore para Ignacio y añado un Olé vuestros, nuestros cojones. Ole

pdoust dijo...

pienso que pensáis demasiado

fpt dijo...

Pensamos demasiado, es cierto. Eso lo demuestra éste fragmento del monólogo que Laura ha escrito para María en la obra:

<< (...)

“Es esta misma forma de psicología bestial la que desgraciadamente impera en todos los teatros y, esto es con lo que hay que terminar” cuánto sabía Stanislavsky de todos nosotros. Lo que me queda por engullir.

Si fuera más lista no necesitaría ser más guapa. Si fuera más guapa, tampoco más lista.

La inteligencia sólo se consigue con empeño. Unas horas más de estudio cada día, y no querré dejar de pensar. Pensar y resolver, de una vez, sin sufrimiento como una máquina cien por cien efectiva.

Mi problema es que pienso demasiado y resuelvo poco. (...)>>






“(…) La ficción, es decir la obra de imaginación, no es lanzada contra el suelo como un guijarro, lo que tal vez sí ocurre con la ciencia; la ficción es como la tela de una araña, acaso sostenida del modo más ligero imaginable, y sin embargo sostenida de la vida por los cuatro costados. A veces tal vinculación es apenas perceptible. Las obras de Shakespeare, por ejemplo, parecen colgar de allí por sí mismas, sin ayuda alguna. Pero cuando se tuerce la tela, cuando se la levanta por una orilla, se la rasga por el medio, recordamos que esas telas de araña no las tejen en medio del aire criaturas incorpóreas, sino que son la obra de seres humanos que sufren y están atados a cosas groseramente humanas, como la salud, el dinero y las casas en que vivimos.”



-Virginia Woolf. “Una habitación propia”. Capítulo 3.