miércoles, 30 de diciembre de 2009

Quedarse (o no) con las ganas

He empezado con un nuevo proyecto. Me he metido, yo solita, en un lodazal hermoso y toda contradicción es poca a la hora de contar. Porque de eso va, de contar. Contar historias, contar milongas, contar contigo (sí, contigo) y a veces contar hasta diez o hasta cien.
Cuando me enfango en otras letras, como el amante entusiasmado ante el cuerpo nuevo que devorar, siento que me he quedado por el camino de la fábula. Acaba el año teatral y vital, y arrastro vidas no vividas y experiencias que compartí con mis chicos. También, aquellas que no tuve oportunidad de vivir pero que deseé vivamente. Quizás este año me ha pasado más por dentro de lo que quisiera. Me ha pasado por encima y, encima de un escenario, afortunadamente.
Y eso ha sido gracias a vosotros, únicamente a vosotros, que os habéis convertido en mi odiada familia sin la que no se puede estar.
Por eso, a un suspiro del bendito 2010, no puedo ni quiero quedarme con las ganas  de daros las gracias y de recordarme, teclado en mano, que el teatro es cosa de dos o de tres, de cuatro... y todos estais ahí: frente a la pantalla, en la butaca, contra nosotros y a favor de lo nuestro. Como un secreto o una maldición que se escapa de la boca.
Y YO AQUÍ, PERDIENDO EL MIEDO DE ESCRIBIRLO.

GRACIAS Y FELIZ, FELIZ AÑO NUEVO. 

miércoles, 16 de diciembre de 2009

La Haine

El puto amo.



Me va a costar la vida. Nos está costando la vida. Tengo siete actores. Ahora ocho porque una necesita un cover. Tengo una dramaturga que también es mi amiga y con la que apenas hablo. Su trabajo (y el mío) nos impide coincidir. ¿Qué hará el día que vea lo que estoy haciendo con su pequeño, con su obra literario-dramática que me entregó después de sacársela del vientre a puñetazos (mis puñetazos, en su mayoría)? Su mirada de emperatriz intensa es muchas veces la única aprobación real que busco, la única que me importa.

No hay manera de reunir a estos siete. No hay manera. Me vuelven loca. Me volvéis loca. Pero no sufro, no. A veces sufre mi cuerpo, pero yo no. Yo soy inmune, y estoy por encima de todo eso. A veces eso es lo que hago cuando me siento ahí, en el patio de butacas. Aislarme para que no me toquen. Y así puedo mantener las manos firmes cuando alguien dice "no puedo".

Mi amor dice: "tienes que parar, algún día hay que parar". Si yo paro, aquí se monta un pifostio que ni Haidar en el aeropuerto de Lanzarote (como se muera, por cierto, se va a liar parda y además será culpa de todos nosotros. De todos).

¿Qué quiero decir con todo esto? Nada, realmente, nada.

Se habla indio abajo en la calle, llega el sonido hasta mi ventana de Lavapiés, y me da rabia no entender una puta palabra. Me da rabia todo. Rabia de la mala y de la buena. Me da rabia no tener dinero. Me dan rabia mis ganas de dejar de tener rabia. Me da rabia querer, querer tanto, desear tanto y no poder, a veces, no poder a voluntad. Hay mucha gente con rabia. Sobre los demás. Sobre lo que no conoce. Sobre ser el más grande y el más fuerte.

Ésta es mi vida, mi trabajo, y mi profesión. Una mierda. Una mierda bellísima y traidora que amo todos los días. También la maldigo a veces, por las noches. Pero aún así la adoro. Con todas sus pequeñas putadas e imperfecciones.

Ahora bien. No la cambiaría por el amor, nunca, jamás. Si ella dice "para", pararé. Porque si no le hago caso, si no la escucho en medio de todo este follón, entonces sí que me perderé, entonces sí que querré odiar y me iré a la mierda en Barca con Calderón, pero sola, muy sola.

Y ahí es donde no nos parecemos, los rabiosos y yo. Ahí es donde no nos parecemos.







“(…) La ficción, es decir la obra de imaginación, no es lanzada contra el suelo como un guijarro, lo que tal vez sí ocurre con la ciencia; la ficción es como la tela de una araña, acaso sostenida del modo más ligero imaginable, y sin embargo sostenida de la vida por los cuatro costados. A veces tal vinculación es apenas perceptible. Las obras de Shakespeare, por ejemplo, parecen colgar de allí por sí mismas, sin ayuda alguna. Pero cuando se tuerce la tela, cuando se la levanta por una orilla, se la rasga por el medio, recordamos que esas telas de araña no las tejen en medio del aire criaturas incorpóreas, sino que son la obra de seres humanos que sufren y están atados a cosas groseramente humanas, como la salud, el dinero y las casas en que vivimos.”



-Virginia Woolf. “Una habitación propia”. Capítulo 3.