viernes, 12 de marzo de 2010

EGOISTA

A veces, en algún lugar, con algunas personas en algún momento surge el tan temido tema del por qué. Por qué hacemos teatro, por qué aún creemos en él cuando todo apunta en contra.
Cada uno tenemos nuestras motivaciones para seguir aquí, bajo este intenso chaparrón.
Como autora me pregunto si sería capaz de escribir otros géneros, si podría resistir el inevitable acto de mantener la boca cerrada. Hay días en que me sale un Sí y otros, ni siquiera una palabra.
Siempre recurro al tópico de la comunicación: hacemos teatro para comunicar y suena lindo, casi perfecto.
Realmente intuyo que el verdadero motivo es mucho más simple. TODO SIEMPRE ES MUCHO MÁS SIMPLE. Creo que somos unos egoístas.
Yo soy una egoísta.
Hago teatro para no estar sola, para escuchar palabras complacientes, para saberme querida, respetada o al menos, el centro de la controversia.
En el teatro se expande la vida, dice uno de mis personajes.
En el teatro vivo todo aquello que no he vivido ni puede que viva jamás. Ahí he amado una mujer, he trazado un plan que funcionó, he roto objetos, he roto un corazón  y no me ha importado. No me ha dolido porque las butacas estaban por medio entre mi yo y mis palabras.
Quizás me estoy perdiendo lo mejor. Quizás no llegue a nadie, no alcance no destroce. Puede que nada importe una puta mierda.
Pero lo hago.
Voy y vengo. Juro no volver y vuelvo.
Me desdigo como el que se borra del mapa para aparecer en algún punto inesperado de la ciudad. Y siempre siento que vuelvo a casa. Sin raices, sin pasado pero con un hogar que no tiene techo y una crueldad que me sienta bien.
Es el egoísmo.
Así de simple.

1 comentario:

fpt dijo...

Espero que la peña entienda la ironía que luego se lía parda!






“(…) La ficción, es decir la obra de imaginación, no es lanzada contra el suelo como un guijarro, lo que tal vez sí ocurre con la ciencia; la ficción es como la tela de una araña, acaso sostenida del modo más ligero imaginable, y sin embargo sostenida de la vida por los cuatro costados. A veces tal vinculación es apenas perceptible. Las obras de Shakespeare, por ejemplo, parecen colgar de allí por sí mismas, sin ayuda alguna. Pero cuando se tuerce la tela, cuando se la levanta por una orilla, se la rasga por el medio, recordamos que esas telas de araña no las tejen en medio del aire criaturas incorpóreas, sino que son la obra de seres humanos que sufren y están atados a cosas groseramente humanas, como la salud, el dinero y las casas en que vivimos.”



-Virginia Woolf. “Una habitación propia”. Capítulo 3.