lunes, 8 de marzo de 2010

Realidad, ficción y otras rigurosas mierdas del hecho teatral

Cuando no falta ni siquiera mes y medio para el estreno de Proyecto Bruckner, puedo afirmar sin tapujos y sin miedo a morderme la lengua el 22 de abril, que es y ha sido el montaje más difícil al que he tenido la buena o mala suerte de enfrentarme nunca. Creo que mi lugarteniente, la señora dramaturga, estará plenamente de acuerdo conmigo. Las razones por las que ésta obra de teatro, que es sólo eso, una obra de teatro, nos está jodiendo la vida sistemáticamente son múltiples y de variadas fuentes, pero sin duda la paradoja más grande que se recoge en los problemas que nos dio y nos sigue dando, es aquella que tiene que ver con el hecho vergonzante y asombroso de que estemos viviendo, como compañía y como individuos, hechos parecidos y paralelos a los que sufren y padecen los personajes en la obra.
Es una mierda. La identificación, digo, es una mierda.
Muchas veces, cuando se hace promoción de una obra o una película, el equipo artístico cuenta las zonas comunes que comparte con los personajes. Que si me parezco a éste o a tal. Que si a mí también me ha pasado esto o lo otro. Que si me identifico porque éste es rubio y yo tenía una abuela rubia y entonces me ha sido más fácil interpretarlo y tal y cual pascual. Muy bonito todo. La cantidad de verdad que suele haber en esas declaraciones varía en función de la estrategia publicitaria que elija la distribuidora de la susodicha obra o película. Vuelvo a lo de siempre: nosotros somos pequeñitos, unos mocos, unos mierdecillas que empiezan y lo mismo mañana lo dejan todo porque tienen que comer y hay que trabajar en el McDonalds o en un prostíbulo. Pero ay, las leyes de Murphy... ay, la catársis. Cómo nos muerde el culo cuando le viene en gana para demostrarnos, una vez más, que si quieres ser artista tienes que ser un genio encajando hostias. Si yo digo que me identifico con ciertos personajes probablemente estaré haciendo un ejercicio equivalente a echarme sal en una herida abierta. Si leo el monólogo de Carolina y llego a esa frase que dice "...me jode saber que en cada beso que dé y en cada piel que pruebe estará tu nombre como la marca del vampiro..." (no sé si es así exactamente, lo estoy recordando de memoria), pues claro, me vienen nombres a la cabeza. Y esto no se trata sólo de encontrar paralelismos en una ruptura sentimental. Se trata de tener tanto miedo como lo tienen esos personajes que ha escrito Laura pensando tanto en nosotros, en nuestras inquietudes y deseos, que quizá no se estaba dando cuenta de que todas estas ganas de contar y de entregar y de dar y de abrirnos como libros podría hacer un efecto boomerang en el que nos quedaríamos expuestos y vacíos e indefensos. Cuando sientes el miedo, sabes que es tarde.
La hemos cagado, señores.
Queríamos mojarnos el culo para ser diferente y ahora tenemos el agua al cuello. El plan nunca fue ese. El plan era entregar una parte de nosotros al mundo. Pero ocho o nueve meses después de esa primera idea, esa idealista e inocente idea, ha pasado de todo, bueno y malo: han nacido niños, se han ido y han venido actores, hemos llorado y hemos reído, nos hemos emborrachado, hemos pedido ayuda, hemos sido bordes y altivos e inocentes e ingenuos, hemos roto con gente, hemos conocido a otros, hemos peleado, hemos tenido malentendidos, hemos comprendido que hay cosas que no sabemos hacer y hemos roto promesas, sobre todo, hemos roto muchas promesas.
Ahora queda un mes y medio y lo que tenemos que hacer es un último esfuerzo de concentración. Como siempre se dice de manera autocomplaciente en ésta profesión: "Al final, las cosas, salen". A fuerza de llorar y sudar, por supuesto, pero salen. Ahora mi duda es saber si valdrá la pena. Si cuando se levante el telón se compensará el vértigo de todos los días. Quiero creer que sí. Quiero pensar que no ando sola en el barco y que me siguen Laura, Nacho, Carlos, Caye, Carol, Naira y ahora Elena y Álex. Y también María. Y Laura y Alba y Luis. Quiero pensar que no hemos perdido la perspectiva de que habrá un público al otro lado y por ese público hacemos esto.
Decía nuestra querida Virginia que nunca vemos esa fina tela de araña que suspende la ficción en el aire, esa que al retirar nos muestra seres que sufren y padecen durante un proceso de creación. También es cierto que es lo justo, que el público no debe ni tiene por qué vernos aquí, autocompadeciéndonos de nuestro dolor. Perdónennos la tristeza sólo por hoy, déjennos descargar mierda sólo por hoy en este diario público y exhibicionista que tenemos para exorcizar los propios demonios. Sólo por hoy. No el día de la función. No en las entrevistas. No en la obra.
Es lo justo.
A fin de cuentas, hacemos esto para el público.
Y lo último que voy a decir será solamente a título personal: también hago teatro para no pegarme un tiro. Creo que esto también lo dijo Angélica o alguien así -cuánta identificación.
Aquí está, entre nosotros, la marca del vampiro.

3 comentarios:

Laura dijo...

A veces se nos olvida que el arte nace de la vida,y que la vida la portamos en nosotros y que nosotros sufrimos, nos reímos, nos enamoramos y la fastidiamos a menudo.
No sé qué será de la obra ni de la compañía en mayo pero de lo que si estoy segura es de que de ésta aprendemos algo.

Elena Guevara dijo...

Pues yo como grumete diré que al barco hay que dedicarle tiempo y cariño, y que en eso estamos; yo tiempo aún no mucho... pero cariño sí le estoy cogiendo, sí...;)
PD. quitad la verificación de la palabra, rollitos.

fpt dijo...

Elena, si quito la verificación esto se llena de spam koreano chungo. Es lo que tiene...
El cariño está muy bien, pero de eso nos sobra. Tiempo y presión, dijo el sabio, tiempo y presión! Sin que se vaya el amor, claro...
Y claro que vamos a aprender algo, sí, más de una cosa diría yo...






“(…) La ficción, es decir la obra de imaginación, no es lanzada contra el suelo como un guijarro, lo que tal vez sí ocurre con la ciencia; la ficción es como la tela de una araña, acaso sostenida del modo más ligero imaginable, y sin embargo sostenida de la vida por los cuatro costados. A veces tal vinculación es apenas perceptible. Las obras de Shakespeare, por ejemplo, parecen colgar de allí por sí mismas, sin ayuda alguna. Pero cuando se tuerce la tela, cuando se la levanta por una orilla, se la rasga por el medio, recordamos que esas telas de araña no las tejen en medio del aire criaturas incorpóreas, sino que son la obra de seres humanos que sufren y están atados a cosas groseramente humanas, como la salud, el dinero y las casas en que vivimos.”



-Virginia Woolf. “Una habitación propia”. Capítulo 3.