miércoles, 9 de febrero de 2011

Espiral, vértigo


Tantas veces me he perdido en la vida que ya no llevo la cuenta.

Tantas veces he estado cara a cara con el espejo, sin reconocer a la extraña que veo al otro lado, suplicando que ella me diera un nombre a mí, que ya elijo solamente seudónimos y no tengo profesión para poder huir de tener que demostrarme lo que valgo.

Ante esto me enfrentó una escritora de pelo rojo en un restaurante chino de Santiago de Compostela, una noche de un año que fue raro y cabrón, como todos los últimos. La escritora, la muy perra, me miró a los ojos y me dijo: "¿Tú qué quieres hacer?"

Y yo contesté: "Dirigir".

Huí de aquella conversación durante meses. Huí de la certeza cristalina de querer y ser, y de querer ser, y de saber hacer. Pero ahora, por las noches, me acecha, a traición, y me pone las manos encima y me soba hasta que me saca un grito o una carcajada metálica de dolor puro.

Tantas veces he dicho "nunca más" (al teatro, a la ciudad, al amor, a la luz del día de la que me había desterrado tapiando puertas y ventanas, poniéndole candados a mis párpados), que me río cada vez que el pensamiento se me vuelve a cruzar por la cabeza ante un nuevo fracaso, una nueva decepción, un nuevo encuentro con "la perversidad humana" de la que Cayetana se escondía, en nuestro Proyecto Bruckner, con un denso velo de khol.






Levantando muros y barreras para que no te me acerques, me contradigo en los silencios, y aguardo tocarte con este texto, este gesto, esta forma en que te miro a través de mis actores, con la esperanza, medio muerta, medio mutilada, de que sigas al otro lado, y de que me regales el tesoro de un momento de vida para escuchar lo que tengo que decirte. Lo que tenemos que decirte. Somos muñecos de papel mojado en tus manos.

Y cuando accedes, cuando miras, cuando me das algo a cambio, me tiro sin red, con ansia de niña trapecista, y resucito por enésima vez la ilusión de que el teatro es el único lugar del mundo en el que jamás estaré sola.


Y me quedo.















“(…) La ficción, es decir la obra de imaginación, no es lanzada contra el suelo como un guijarro, lo que tal vez sí ocurre con la ciencia; la ficción es como la tela de una araña, acaso sostenida del modo más ligero imaginable, y sin embargo sostenida de la vida por los cuatro costados. A veces tal vinculación es apenas perceptible. Las obras de Shakespeare, por ejemplo, parecen colgar de allí por sí mismas, sin ayuda alguna. Pero cuando se tuerce la tela, cuando se la levanta por una orilla, se la rasga por el medio, recordamos que esas telas de araña no las tejen en medio del aire criaturas incorpóreas, sino que son la obra de seres humanos que sufren y están atados a cosas groseramente humanas, como la salud, el dinero y las casas en que vivimos.”



-Virginia Woolf. “Una habitación propia”. Capítulo 3.